VENGANZA.


Descargar ePub Gratis / Descargar PDF Gratis Comprar en Amazon 0,99$


Sin ropa, completamente desnuda ante el espejo, la mujer luchaba contra el frío y el horror. El rostro reflejado en el cristal era el de alguien bello lleno de cicatrices. Su corazón acababa de quebrar de nuevo y pedía a gritos huir, esconderse, y vivir. Pero sus ojos contaban una historia completamente diferente.
Su dolor había sido por mucho tiempo algo que no compartir con nadie, un plato exquisito de único bocado. Estaba empachada de tanto pastel venenoso y por sus venas empezaba a correr una décima parte del valor con el que empezó aquella aventura. Maldito dolor, amigo imaginario que se reía de ella, mientras todos los demás seguían con sus vidas como si nada. “Nunca me han conocido, no ven mi miedo, no ven mi debilidad, no escuchan mi auxilio”. Aquellos pensamientos se habían clavado en su ser, se habían convertido en los pilares de su quebradiza mente, eran excusas para mantenerse perdida en el ojo negro del infierno.
La piel se dejaba tentar por la brocha, que se desplazaba por la dermis repartiendo maquillaje y polvo con el que enterrar el azul. Sus ojos se perdían en su reflejo, y como en tantas ocasiones fue el lienzo de la mentira y se pintó sobre ella misma para parecer feliz. Su pequeña hija aquella noche estaba durmiendo cuando llegaron. Él estaba enfadado, algo iba mal en la Ciudad pero era incapaz de dar detalle alguno de sus preocupaciones. Ella lo intentó, lo intentó de la mejor manera que pudo. Pero al parecer su esfuerzo fue en vano. Intentó complacerlo en el banquete con toda clase de detalles pequeños que él no supo valorar en ningún momento. Sus ojos eran dos cuencas claras llenas de una preocupación y una rabia que tan solo ella podía ver. Había aprendido a leerle los ojos, a sobrentender sus palabras, a observar como un gesto minúsculo era la alarma de la catástrofe. Aquella noche lo había sentido. De nuevo iba a suceder.

- No entiendo nada de lo que haces, en serio, ¿a qué ha venido todo eso? – su voz era como el gruñido de una fiera a punto de dar caza a su presa. – Sabes de sobra como odio que te comportes de ésa manera. ¿A caso vas a ser para siempre una pobre puta como lo fue tu madre? – la primera flecha llegó. Acertó, pero aquello tan solo era el inicio. – Me has dejado en ridículo, ¡ese tal Blitff hablará de ello por años! Se acabó…
- No, por favor… - el gemido le salió de la boca involuntariamente. No sabía cómo continuar aquellas palabras sin tener miedo a acabar golpeada.
- Por favor, ¿qué? ¡qué! – y su mano se desplazó velozmente a su mejilla estremeciendo cada músculo de la víctima. – Que sea la última vez… ¿Entendido?

Alarma. No tuvo señales de ella cuando lo conoció. Todo había sido precioso, él había sido el hombre ideal y ella alguien que lo daría todo por él. Su historia de amor no tenía fallos, era absolutamente perfecta. A los tres años de conocerse su vientre crece y poco tiempo después nace un ser querido y amado al que llamaron Elia. La muy jodida alarma no había sonado en todo aquel tiempo. Hasta que finalmente lo hizo.

Y allí estaba de nuevo, maquillándose. Tapar los hematomas era el ritual matutino de aquella mujer. Con paciencia y tiempo era capaz de tapar cualquier tipo de mancha por grande y brutal que fuera. Después salía de su habitación y hacía su día a día como siempre, sin modificar a grandes trechos una monotonía de auténtica repetición diaria con esporádicas excepciones. En ocasiones se topaba con algún vecino al que saludaba de forma cordial y de nuevo la alarma sonaba rotunda.

- ¿Qué le has dicho? – flageló. – Miras con unos ojitos a ese tal Bligtt que parece que lo conozcas de toda la vida. ¿Algo interesante?  - sus ironías eran como dardos. – ¡¿Acaso no tiene ese tal Bligtt algo más importante que hacer que pararse a hablar contigo?!
- Acaba de morir… - “su hijo”, no pudo decir. Su puño llegó antes que las palabras. De repente todo era ruido y no llegaba a asimilar el sentido a ningún reproche. Gritos. Insultos. Zarzas.

Los últimos retoques del maquillaje llegaron casi a las siete de la mañana. Las agujas del reloj rozaban la hora de empezar la jornada y con ella todo un mar de posibilidades. Se vistió rápidamente y bajó para cocinar el desayuno. A pesar de tener a una estupenda criada de color ébano en la familia era ella quién continuaba cocinando contentando así las exigencias de su marido. Le encantaba el sabor de su comida, y detectaba con facilidad cuando alguien lo hacía en su lugar. Los crêpes se habían convertido en la última tendencia en el mundo de la repostería y ella había aprendido a la perfección la receta. Aquella mañana estaba dispuesta a sorprenderlo con uno de aquellos toques sutiles que le encantaban, y a los que él no prestaba ni un ápice de atención.
Casi todo listo para cuando bajaron la joven niña y su padre tras ella. Escuchó los pasos antes de que entrarán por el arco de la cocina y ultimó los toques finales del desayuno. La pequeña no parece ser consciente de nada, vive en una burbuja que está destinada a explotar demasiado tarde. Una ingenua a la que le rondan las sombras sin que ella apenas se dé cuenta. Él, en cambio, parece haberlo olvidado. Se come la crêpe mientras alaga sus dotes culinarias y adula el bonito rostro de su mujer.

- Hoy estás más guapa que nunca… - le dice a media distancia de un beso. – Se buena… - y roza sus labios con los de ella con una calidez esperanzadora. Ella sabe que ha hecho bien. Y él no sabe prácticamente nada.

A las ocho él sale por la puerta, y la niña veinte minutos después junto con la criada. De nuevo sola en su jaula. La soledad se había convertido en su gemela. En su doble cara de Janus. En su mejor aliada. Pero aun así se sentía incomoda con ella. Buscaba distracciones varias en los libros y en el arte. Salía a visitar algunas galerías aproximadamente una vez al mes y amaba sobre todas las cosas escribir. Escribía sobre la felicidad y la gloria, sobre cosas que ella no tenía.  Y sobretodo escribía sobre el amor. Tenía una libreta escondida donde relataba la historia de una joven con su mismo nombre que se enamoraba de alguien completamente distinto a Kevan. Su marido quedaría horrorizado si la leyese. La mataría.

Todo está hecho. La criada es excepcional. No faltan toallas por planchar, todo está limpio, ordenado, huele bien. Y lo más importante: no roba. No ha desaparecido nada desde hace cinco años, momento en el que despidieron a una mujer llamada Nox por robar varias joyas y objetos de valor. Se le pasa por la cabeza fugazmente que ir a visitar la Xavier’s Gallery puede estar bien.  En el periódico destacan una estupenda colección de obras de arte contemporáneo y el nombre de Ferran aparece en un par de ocasiones. Adora a Ferran. Su obra es breve, pero intensa. Apenas se está haciendo un hueco en el mundillo pero se le ve con fuerza y con ganas. Así que después de sopesar ideas decide que Xavier’s Gallery es la opción más tentadora.

La galería está situada en la séptima planta del edificio más alto de Greveneen Avenue, una de las arterias de tráfico y comercio más concurridas de la ciudad. El ascensor es de color metálico y viajan con ella otros dos curiosos en busca de un plan alternativo. Comentan que “el arte está bien” y que “no hay que poner límites a la cultura” pero con un tono y una voz de los que son fáciles detectar que no tienen ni idea ni de arte ni de cultura. Al fin las puertas se abren y aparecen en el extremo de un pasillo tan alargado del cual era casi imposible detectar la longitud. A ambas pareces discurría un seguido de puerta, cuadro, puerta, y junto a cada puerta un pequeño marco con el logotipo de alguna empresa o causa. Caminó hasta que detectó el monigote de Xavier’s Gallery dorado sobre negro. Abrió la puerta con determinación y cruzó el umbral hacia la luz.
Lo primero que escuchó fue la risa de alguien. Después llegó el bullicio tenue de conversaciones frente a lienzos pintados. Y cuando se dio cuenta ya estaba adaptada al medio y discutía junto con una pareja gay las características de la última obra en vida de James Kensdick.

Sin duda la obra refleja dolor y desesperación. – dijo una de ellas, y varias personas a su alrededor asintieron. Era fácil detectar dolor y desesperación en la última obra de un hombre suicida.
- Yo tan solo veo los dos pilares. El primero de ellos está pintado de blanco e ileso, a su alrededor hay un zarzal de rosas y sobre su cúpula hay un bebé. En el otro extremo otro pilar. La muerte. Pintado de gris y negro, roto, y rodeado de espinas sin pétalos. En la cúpula de la columna dos calaveras. Simbolizando la muerte de sus padres. – lo dijo sin pensar pero no se sintió alerta en ningún momento hacia cualquier golpe. Las personas asintieron y continuaron debatiendo su punto de vista sobre la obra.  Estaba cómoda, a gusto, en casa. Al otro extremo de la estancia le pareció ver a un hombre con gafas y barba. Se acercó en su busca pero no lo localizó de nuevo. Se distrajo otro rato criticando el nuevo cuadro de Petubens y volteó su dirección hasta las esculturas de Mafrei cuando escuchó gritos. Corrió hasta allí para ver qué ocurría. Dos hombres fornidos habían detenido a un chiquillo que había intentado colgar su propio cuadro en la galería. Era rubio, de ojos verdes, alto. Tenía una gorra puesta y las manos enguantadas. Uno de los hombres lo zarandeó mientras le preguntaba sus intenciones. El otro recogía los clavos y el martillo del suelo.  Se había acumulado gente a su alrededor para conocer el origen de tanto alboroto y tubo que empujar a un par para ver mejor. El cuadro era de tamaño mediano, y era precioso. Sin meditarlo dio un paso al frente y habló.
- Dejad al muchacho. – su voz sonó potente. – Voy a pagar a la galería por ese cuadro. Diez mil dólares. Empezad el papeleo. – un murmullo resonó, y el par de chicas lesbianas sonrieron desde la lejanía. - ¡Ya!

El muchacho se llamaba Edgar, y de los diez mil tan solo recibió quinientos. Pero desde lo ocurrido en el Xavier’s Gallery la gente no había parado de comentar lo sucedido. Las obras de Edgar se demandaban por doquier, y así se convirtió en un fenómeno de masas del cual ella poseía su segunda creación.
Le envolvieron el paquete con delicadeza, cuidando aquel cuadro de un joven intruso como si se tratara de un Miguel Ángel. Sonrieron cuando recibieron el cheque y lo hicieron más aún cuando comprobaron que tenía fondos.

- Ha sido un acto bondadoso… - le dijo una de las mujeres gay con las que habló al principio una vez se reincorporó en la galería.  – No paran de comentarlo.
- ¿Lo habéis visto? – preguntó ella.
- Se han llevado al chico hace cinco minutos. No paraba de gritar que te diéramos las gracias.
Oteó a su alrededor para ver si lo encontraba y poder así intercambiar algunas palabras de ánimo, pero en su lugar su mirada volvió a toparse con la de aquel hombre con gafas y barba abundante. Estaba al otro lado de la estancia, con sus enormes ojos grises penetrando el alma rota de la mujer. Ambos sonrieron e intercambiaron palabras mudas que parecían tener sentido mutuo. Él se alejó pero sin perderla de vista, y un último gesto confidencial la invitaba a seguirlo a las sombras.
Ella se abrió paso entre la gente y se desplazó hasta la parte trasera de la galería, donde el polvo y la tiniebla campaban a sus anchas. Por una ventana minúscula se filtraba la luz blanca de la mañana y más al fondo estaba él. Se había quitado las gafas, y enseñaba los dientes en una sonrisa secreta y adultera.
- Ferran… - susurró ella mientras se acercaba. – Ferran… - rompió a llorar como una niña que ha perdido a su mascota. Él secó sus lágrimas y acarició su pelo. Llevó el rostro de la mujer a su pecho y la consoló con palabras cálidas que deberían de estar prohibidas.
- Mi amor… ¿Lo has hecho? – preguntó una vez se había tranquilizado la aliada. – Dime, Alenna, ¿has hecho lo que acordamos?
- Sí… - susurró, y se acordó de aquella fuerza que había perdido junto a su marido, una fuerza que estaba empezando a crecer de nuevo. – Lo hice.

Aquella noche su marido no llegó enfadado de la Ciudad. Lo hizo agotado, sin fuerzas, con una gran fiebre que agrandaba sus delirios crueles y machistas. Decía frases intolerables a medio susurro, insultándola y recordándole sus pecados más íntimos. Pero aquella vez a ella no le iba a afectar. Pronto aquel tiempo oscuro que se hacía cernido sobre su vida iba a desaparecer. Aquel hombre era un ingenuo, no sabía nada. Y ella lo sabía todo.

Sabía cómo endulzar una crêpe con batracotoxina, un regalo caído del mismo cielo a manos de un hombre tocado por la mano del mismo Dios. Había sido Ferran quien le había enseñado cómo hacerlo. Era un veneno letal, poco conocido, sin cura aparente y que actuaba con sigilo. Las victimas quedaban paralizadas y veían inutilizado cada minúsculo músculo de su cuerpo. Después llegaban las compulsiones, el dolor, la sangre, y la muerte. Kevan se había comido su desayuno sin alertarse de que probablemente sería el último. Había llegado su hora.

La muerte rondó la casa por días. Llegaron médicos de la empresa de Kevan pero ninguno supo detectar la causa de la enfermedad. Dieron su pésame a la familia y apoyaron a Alenna como si ella necesitase aliento. Cada minuto que transcurría era un minuto menos hacía la libertad. Ella quería estar con Ferran, era un hombre amable, bello, sensible, su héroe. Se habían conocido en la presentación de la serie zero y dos de su obra. Un pintor para su vida. Un hombre sin igual que le había rescatado de un pozo demoniaco.

- ¿Te maltrata? – preguntó en la segunda cita. – Si lo hace tendremos que encontrar la manera de acabar con él.

Y lo habían hecho. Casi podía oler a la Parca afilando su guadaña. Él, postrado en su cama, ya no podía moverse. Apenas leves movimientos oculares llenos de odio. Algo en su interior le decía que había sido ella quien lo había hecho. No sabía cómo, no podía hablar, no había manera de expresarse excepto con sus ojos. Ella sabía leerlos, así que se aseguró de demostrar un odio profundo con ellos. Y su mujer no le decepcionó; supo interpretarlos.

La noche del incidente llegó un poco más tarde de lo que ella habría esperado. Una tos ligera y sangre en los labios. Un par de lágrimas en el rostro blanquecino del cadáver. Un corazón marchito que al fin había dejado de bombear maldad.
El momento de empezar una nueva vida estaba presente, y lo había pagado con otra vida. Lo que ella no sabía es que en su interior Kevan había dejado un regalo aterrador que crecía lentamente a esperas de su nacimiento.

Alenna Fritz, 1978



¿Te ha gustado?
Puedes descargar este relato en formatos ePub y PDF totalmente gratis  o desde Amazon por tan solo 0,99$. Además, puedes seguirme en mis redes sociales y estar al tanto de todo lo nuevo que publico. Tu apoyo me ayuda a seguir trabajando.
Descargar ePub / Descargar PDFComprar en Amazon







¡Mándame algún mensaje o tweet! 

Comparte:

SOBRE EL AUTOR

Ceyron Louis

Entierro secretos en mis relatos. Despedazo mis miedos en cada línea. Me enfrento cara a cara con el dolor y muere un pedazo de mi alma con tan solo una palabra escrita.

    Blogger Comment
    Facebook Comment

2 susurros:

  1. Acabo de leer Venganza y ha sido corto pero INTENSO!!
    Ya te seguía por Twitter, pero ahora te sigo por todas partes.
    Un saludo, nos leemos :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas ganas por tu comentario Amarie! Un abrazo enorme!

      Eliminar