X.

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Cuando Edgar Falls llegó al mundo no tenía ni idea de que su vida sería algo compleja, a pesar de que su nacimiento, ya de por sí, había sido un error de proporciones épicas. Su madre había engañado a su padre en muchas ocasiones y en tantos aspectos que en aquella diminuta casa de Londres plagada de cucarachas la honradez era, a decir verdad, el único modo de vida que no lograba sobrevivir a la famosa marca de insecticidas Papá Kills.
Fue el típico niño criado en un ambiente tóxico, poco apropiado. Ése niño al que ves aislado en el aula del colegio y que aun así se siente amenazado constantemente por sus compañeros. Sí, el niño al que pegan, al que insultan, al que escupen y hasta al que, en cierta ocasión reciente, casi matan. Pero aun así sus padres no sentían mucha empatía en el asunto, y miraban a otro lado como buscando con ello que él se sintiera culpable.
Tenía que cambiar, una noche antes de dormir se prometió que al día siguiente, cuando aquel niño gordo y feo se metiera con él, contestaría. Usaría las palabras, los puños o los dientes. Pero contestaría. No se quedaría callado y recibiría las burlas y la saliva sin más. Aquello iba cambiar.

Pero no lo hizo. Al menos en aquel momento.

Al día siguiente tuvo que fingir una enfermedad para no acudir al colegio. A lo largo del año había acumulado muchas faltas y era probable que el consejo escolar escribiese un expediente sobre el caso. Pero repetir un curso se había convertido en la única manera de librarse del Gran Robert y su panda de secuaces y olvidarse del problema para siempre. Pero su padre logró arrancarlo de la cama y lo obligó a acompañarlo al centro de la ciudad, donde acudía semanalmente a una cita privada con un hombre de apariencia siniestra que le proporcionaba un producto de consumo prohibido pero que le devolvía la sonrisa a aquel hombre de familia manipulado desde el inicio por una mujer perversa. 
-          Yo no soy tu padre, Edgar… - le decía cuando la droga zumbaba por su mente como un escarabajo carroñero. – Y tu madre tiene la habilidad de guardar los secretos muy bien
Y era verdad, no se parecía en nada a aquel hombre. Tenía el pelo negro, los ojos oscuros, los pómulos marcados y la nariz protuberante. Su pelo crecía en rizos y las orejas, ligeramente puntiagudas, estaban algo despegadas de su cráneo lo que le proporcionaba un aspecto algo demoniaco. En cambio Edgar era rubio, de constitución más alta, de una mirada verde llena de vida y un rostro que no recordaba en nada al de su presunto progenitor. “No es mi padre…” se decía a si mismo algunas noches. “¿Entonces quién lo es?”.
Varios años más tarde unos golpes en la puerta principal despertaron a Edgar de un sueño placentero que no volvería a tener hasta que se desprendiera de un miedo que lo tendría acorralado por mucho tiempo. Se desplazó por el pasillo y llegó hasta la puerta. Antes de mirar por el óculo tres golpes más hicieron temblar el suelo y el niño, ya no tan niño, abrió y se enfrentó de frente a un policía que traía noticias nefastas, que en lo más profundo de su ser, hubiese deseado que llegasen antes.
-          Hemos hallado el cuerpo de una mujer en el bosque. Tenía una carta en el bolsillo con esta dirección. Necesitamos que nos acompañe para hacer un reconocimiento…
Era ella.
No le dieron las pertenencias de su madre hasta que el médico forense dictaminó que el motivo del fallecimiento había sido una sobredosis del medicamento que regularmente tomaba para contrarrestar los ataques nerviosos que padecía. Se había asfixiado, sola, en el bosque. Pero lo suficientemente cerca de algunos lugares concurridos como para que no tardaran en encontrarla una vez finalizada la tarea.
De todo lo que llevaba encima el sobre era el más enigmático. Estaba arrugado, roto, y la información del remitente estaba borrosa y desgastada. Dentro había un solo folio, y alguien había escrito en el con una caligrafía temblorosa y confusa.

“Mi querida Judith, perdóname por abandonaros, pero no tengo otra elección.
Mi vida es un torbellino y tu decisión de tener al bebé me ha forzado a tomar el camino correcto por los tres. No quiero que el niño forme parte de mi mundo. Es un mundo cruel y no está hecho para vosotros.
No le hables nunca de mí y yo tampoco le hablaré de ti a la policía. Sabes que tus secretos son peores que los míos…

Siempre os querré,
X.”

Lo tuvo que releer tres veces antes de vomitar en la parte de atrás del coche de policía. Allí había un retazo de su verdadero padre, cuyas primeras palabras para Edgar no hacían más que llenarle la cabeza de preguntas para las que no podía ni si quiera imaginar una respuesta.
X. ¿Quién diablos era X?
Al llegar a casa su padre, enfurecido, le preguntó por su madre de manera violenta e insistente. De nuevo sus ojos dejaban ver aquellos escarabajos que carcomían su cerebro. Había recaído de nuevo al frío asfalto de la drogadicción y aquello era algo que entristecía a Edgar más de lo que le hubiese gustado.
-          Ha muerto… Papá… - y lloró. Era la primera vez que lloraba en mucho tiempo. Sentir las lágrimas recorrer sus mejillas le recordaron un viejo pensamiento que había pululado por su mente en varias ocasiones a lo largo de su niñez.
Había sido un verano caluroso y largo, y no todos los días habían podido disfrutar de una cena sobre la mesa. Pero a pesar de aquello Judith había logrado conseguir el dinero para hacerle a su hijo un regalo por su décimo cumpleaños. “De pequeño querías ser pintor…” le había dicho, y él no logró contener las lágrimas al desenvolver aquellos lienzos y acuarelas que con tanto esfuerzo su madre había conseguido.
Su padre batió el record en supervivencia y logró morir tan solo dos semanas después por otro tipo de sobredosis. Él había tenido menos gusto que su madre y había decidido pasar sus últimos instantes de vida en un callejón oscuro y húmedo del barrio londinense más conflictivo, cerca de un par de vagabundos que lo habían visto morir.

Y así Edgar conoció al fin la libertad. Cruzó el océano hasta otro continente en una nave mercantil con apenas unas pocas memorias guardadas en la maleta y allí empezó a trabajar en su obra. A sus ojos, una obra oscura, llena de horror, miedos y pecados. Pero a los ojos de las veinticuatro galerías con las que se había entrevistado eran tan solo basura. Solo una decidió comprar uno de sus cuadros por una miseria, pero tan solo porque adoraban el marco con el que Edgar había presentado aquella pieza a la que había llamado “¿Por qué?, padre”.
-          Tengo una pequeña curiosidad… - dijo la agente instantes después de cerrar el trato. – Firmas todos tus cuadros con tu nombre. Este está firmado con una X… ¿Por qué?
-          Por qué está dedicado a mi padre… - contestó Edgar en un susurro leve.
-          Debes de quererle mucho… - ironizó ella, mientras observaba sobre el lienzo aquella figura sin forma a la que había clavado lanzas, dardos, cuchillos y unas tijeras.
-          Bueno… Él siempre nos quiso… - y desapareció por donde había entrado, con diez dólares más en el bolsillo, de los cuales se gastó cinco para comprar el New York Times del veintisiete de marzo de 1978 y unas cuantas naranjas en el mercado.
El movimiento del metro lo adormilaba mientras leía el periódico. Sus parpados estaban a punto de cerrarse cuando un anuncio le llamó la atención. El original debía de haber estado escrito a mano e impreso en todos los ejemplares de aquel día. Era una caligrafía que conocía, temblorosa, y confusa, y que a su vez habría una grieta en el corazón de Edgar que removía todo su pasado.

“Xavier os invita a su galería de arte contemporáneo del próximo 1 de abril.
Greveneen Avenue número veinte. Séptima planta. Portal doce.”

El destino había querido que se cruzaran. Por imposible que pareciera aquella letra era la misma. Rebuscó en su bolsillo la carta que llevaba consigo a todos lados. La había leído tantas veces que el papel estaba erosionado por el roce de sus dedos pero aquellas letras continuaban allí como escritas con fuego.
Bajó del metro con el estómago revuelto y la cabeza en el ojo de un huracán de ideas que estaban por hacerle desfallecer. Subió aquellas infinitas escaleras hasta el exterior y cuando el oxígeno fresco inundó sus pulmones lo único que pudo hacer fue gritar.
Varias personas a su alrededor se quedaron quietas con sus miradas fijas en Edgar.
-          ¡¿Qué?! – vociferó, con el rostro congestionado por la ira. - ¡¡Qué miráis!! – y salió corriendo calle abajo hasta llegar al bloque de pisos ligeramente inclinado en el que se encontraba su estudio, y la cama en la que dormía.
La estancia era cuadrada, con una sola ventana y dividida en dos compartimentos separados por el arco de una puerta en la que no había puerta. En uno de ellos estaba todo el material que utilizaba para crear sus obras y en el otro tan solo un colchón en el suelo con algunas sabanas encima y una maleta abierta con algunos ropajes en su interior todos revueltos y reutilizados más de una vez.
Edgar paseó por delante de sus cuadros y los observó detenidamente, leyendo su nombre escrito en las esquinas con tinta blanca. La primera vez que había firmado un cuadro con su nombre una extraña sensación de plenitud le había embriagado, pero nadie había sido capaz de comprarlo ni siquiera de exponerlo, y con el paso de los meses había empezado a decaer la inspiración y con ella las ganas de crear.
Una noche algún tiempo atrás, inmerso en una botella de whisky robada y en las palabras de la carta que había escrito su verdadero padre, intentó plasmar su ira en el lienzo pintando todo aquello que sentía por el hombre que había escrito la carta. Y cuando lo acabó, no firmó con su nombre, sino con una X en tinta verde que estaba destinada a ocupar su lugar para siempre. Había sido el destino quién había decidido que su primera obra vendida fuese aquella. Una pieza sin su nombre.
Sin quererlo la idea brotó en su cabeza y sin meditarla cogió uno de sus cuadros y lo depositó encima del caballete. Humedeció las pinturas resecas con algo de agua e introdujo los pinceles. Tardó poco en cubrir su nombre con pinceladas que imitaban lo que había debajo. Había enterrado su firma, y en su lugar empezó a firmar su obra con una X.

El número veinte de Greveneen Avenue era un rascacielos de metal y cristal que reflejaba el sol en cada uno de sus ventanales. Edgar se imaginó insignificante allí, a pies de la estructura arquitectónica, con algunos de sus cuadros firmados por una inicial que no le pertenecía y un miedo aterrador que lo había dejado paralizado. “Tienes que subir, vamos…” se dijo a sí mismo, y con bastante poca agilidad recogió los paquetes del suelo y cruzó las puertas giratorias. La mujer que había en recepción tenía el pelo teñido de rojo y en la placa colgada de su cuello estaba escrito su nombre.
-          Buenos días. – le saludó Emma. - ¿Puedo ayudarte en algo?
-          Busco la Xavier’s Gallery, vengo a presentar mi obra. – dijo con una voz potente. Emma observó por encima del mostrador los paquetes que llevaba Edgar y entrecerró los ojos como sin entender alguna cosa.
-          Ya. Podrás encontrar a Xavier en el séptimo piso, tras las oficinas de Kevasky. – dijo, y volvió a sus tareas desentendiéndose de Edgar al instante.
El ascensor ascendió a una velocidad alarmante hasta su destino y cuando las puertas metálicas se abrieron quedó al descubierto un inmenso pasillo en cuyo extremo había un empleado de seguridad. Edgar caminó con sus cuadros a rastras buscando la puerta que tenía que cruzar y cuando la localizó se plató delante con los nervios a flor de piel. Tardó unos minutos en abrirla, pero cuando lo hizo fue con determinación, y sin pensarlo cruzó el umbral hacia la luz.
Apenas estaban ambientando la galería. Un hombre alto y rubio caminaba de un lugar a otro dando instrucciones a varias personas que movían cuadros de un lugar a otro.
-          ¡Más abajo! – gritaba. – Ahora más a la derecha… No, no, ¡Mi derecha!
Nadie se había dado cuenta de la presencia de Edgar, así que se dedicó a disfrutar por un instante de lo que había a su alrededor. Había creaciones de un montón de artistas. Algunos nombres le eran terriblemente familiares y otros los desconocía en su totalidad. Dejó sus paquetes en el suelo y caminó por la galería descubriendo la obra de alguien llamado Ferran, Kensdick, Petubens, Mavriks… Dejó elevar su imaginación y se vio a él mismo también allí.
-          Disculpe. – le dijo una voz. – Disculpe, no puede estar aquí. ¿Qué quiere? – los ojos verdes del hombre eran penetrantes. Tenía la nariz lineal y las facciones perfiladas. Una barba ligera empezaba a salir y sus labios carnosos estaban algo agrietados. - ¿Hola?
-          Buenos días… - dijo al fin Edgar con el corazón encogido. - ¿Es usted Xavier? – temía la respuesta, pero en el fondo la sabía.
-          Sí, sí, buenos días. ¿Tu nombre?
-          Soy Edgar, vengo por el anuncio del periódico. Tengo… tengo aquí algunos cuadros. – dijo, y señaló los paquetes que había en la entrada. Xavier arqueó las cejas y estudió la situación con tranquilidad.
-          Evidentemente no eres la clase de artista con el que trabajo, pero… - dejó el final de la frase en el aire, otorgando suspense en la situación. – Coge tus dos mejores y acompáñame a la parte de atrás.
Si la fachada de Xavier’s Gallery era lujo y esplendor, la parte trasera era el cementerio de miles de obras apiladas que no se habían logrado vender, las almas de muchos artistas que yacían sepultados en la parte de atrás de la galería, lugar del que no podían escapar puesto que la única puerta permanecía cerrara. Xavier estaba allí con un cigarrillo sospechoso entre sus dedos, y mirándolo con una mezcla de desprecio y curiosidad.
-          ¿Y bien? – dijo, y se apoyó en una columna dándole una calada intensa al cigarro. –Muéstramelo.  
Edgar actuó con rapidez. Descubrió el primer cuadro y lo elevó para que su padre lo observara.
-          Otro. – contestó él, fríamente, mientras continuaba fumando. – Vamos, Edgar, no tengo todo el día…
Dejó su primer cuadro de lado y fue a buscar el segundo. Lo desenfundó con ganas de llorar y antes de enseñárselo observó a la persona retratada en él. Dio un giro de 180º y la mirada de Xavier se dilató al observar a alguien de su pasado pintado en el lienzo. Se acercó lentamente, a pasos precavidos y con extremo cuidado. Pudo ver la X verde con la que estaba firmada la obra. La bilis impregnó su paladar con ganas de salir y algo inflamó sus entrañas con un sentimiento que le era desconocido. Dio una última calada y expulsó el humo como si fuese su último aliento.
-          Lo siento… - dijo. – Pero no suelo trabajar con artistas como tú. Gracias por la visita. – y salió de allí, huyendo, dejando a Edgar completamente desbastado.
El camino de vuelta a su hogar estuvo plagado de decepción. Le habría encantado destrozarle la cara a puños a aquel snob irritante llamado Xavier. Aún tenía presente aquella mirada intensa que le había dirigido justo antes de irse. “No quiero que formes parte de mi mundo” parecía haberle dicho.
Antes de esconderse en su alcoba pasó por la tienda de aquella anciana llamada Mary Thinks. Tenía el rostro arrugado y estaba completamente sola en su vida. Había visto morir a su marido y a sus tres hijos en la guerra, pero aun así desprendía vitalidad y sabiduría.
-          Tienes mal aspecto, chico. – le dijo Mary al verle. – Baja algo de ropa, hijo, la lavaremos y podrás también darte una ducha…
Ella había sido la única persona que le había tratado con amabilidad en mucho tiempo. Le daba comida de vez en cuando y limpiaba sus ropas sin apenas quejarse. Preparaba un guiso de costillas exquisito y, probablemente, era ella el ancla que mantenía con vida a aquel pintor solitario que también lo había perdido absolutamente todo.
-          Edgar, busca un trabajo. Aplaza la pintura por un tiempo… Tienes que empezar a hacerte cargo de ti mismo… - le decía la anciana durante la cena. – Me gustaría verte bien para cuando… Ya sabes… Dios me acoja…
Mary Thinks hablaba mucho sobre la muerte, en ocasiones era algo incluso que parecía esperar desafiante. Terminaron la cena y Edgar le dibujó a carboncillo un retrato en uno de sus cuadernos. Arrancó el folio y se lo entregó, y ella lo contempló por un instante, desprendió algunas lágrimas, y lo guardó donde escondía los otros.
-          Mary… - susurró Edgar instantes antes de despedirse. – Voy a hacer algo alocado. No quiero que te preocupes si no vuelvo en una temporada, ¿de acuerdo? – la mujer se acercó con las manos al aire y recogió el rostro de Edgar con ternura. Se acercó y le besó en la mejilla.
-          Ten cuidado, hijo…

Los días pasaron lentos hasta que llegara primeros de abril. El aire de la mañana se había levantado fresco y por las grietas de la ventana se filtraba el silbido del viento. Edgar se vistió con algo de ropa limpia que Mary le había dejado en la puerta, una gorra, y unos guantes, y recogió uno de los cuadros que Xavier había rechazado y se lo llevó consigo de nuevo a Greveneen Avenue.
El edificio continuaba en el mismo sitio, y Emma también lo hacía. La miró de nuevo con aquellos ojos curiosos y evitó intercambiar palabras. Aquella vez Edgar decidió subir por las escaleras, puesto que había mucha gente utilizando los ascensores y dada la situación pasar desapercibido era algo indispensable.
Al llegar a la séptima planta fue capaz de encontrar la puerta trasera de la galería sin problemas, pero lo que si resultó complicado fue abrirla. Cuando lo hizo se coló dentro como una sombra y deambuló entre la tiniebla sin ser visto por nadie. Llevaba el cuadro, y también unos clavos y un martillo. Había mucha gente paseándose de un lugar a otro conversando y criticando las diferentes piezas publicadas. Los autores también deambulaban por la zona intentando buscar compradores, y algunos afortunados cerraban tratos con cheques y apretones de manos.
Edgar salió y caminó entre unas esculturas algo confusas de un artista al que no conocía, y oteó una pared descubierta en la que, definitivamente, colgaría su pintura.
Colocó un clavo sobre la superficie y gracias al impacto del martillo se hundió en el yeso sin oponer resistencia. Cogió su retrato, aquel que estaba firmado con una X, e intentó colocarlo con cuidado. Una fina película de sudor se estaba creando en su frente y el corazón bombeaba adrenalina. Escuchó a su espalda un murmullo alerta y lo siguiente que notó fueron las enormes manos de alguien que intentaba detenerlo.
-          ¡¿Qué diablos estás haciendo?! – gritaba uno de ellos, mientras el otro recogía los clavos del suelo y el martillo. – Ahora mismo vamos a llamar a la policía, niñato. Vas a ir directo al calabozo.
La gente se estaba acumulando alrededor. Todos ellos observando la escena con escepticismo. Murmuraban y se comentaban lo sucedido unos a otros. Lo estaban llevando a rastras hasta la salida de la galería cuando una voz de mujer chilló unas palabras que Edgar no pudo asimilar.
-          ¡Dejad al muchacho! Voy a pagar a la galería por ese cuadro. ¡Diez mil dólares! – la mujer era increíblemente bella, parecía un ángel. – Empezad el papeleo, ¡Ya!

En la comisaría más cercana, dos días más tarde, dejaron salir a Edgar del calabozo libre de cargos. Xavier lo esperaba en el parking fumando uno de esos cigarros que tanto intrigaban a Edgar. Lo miró con recelo esperando respuestas y entonces aquel hombre tan parecido a él habló.
-          Lo que hiciste fue un tremendo error, chico , pero has tenido suerte. Ahí tienes… - le dijo, lanzándole a su vez un sobre abultado. – Seguro que es más de lo que esperabas… -Edgar lo abrió y pudo ver una gran cantidad de billetes perfectamente guardados en su interior. – Te he sacado del calabozo porque necesito tu firma en un papeleo estándar de compra-venta. Nada más. Sé que tienes muchas preguntas en esa cabecita pero no, ahora no es el momento. Lo que ha habido entre nosotros hoy ha sido un negocio rentable para los dos, y nada más. ¿De acuerdo? – Edgar asintió sin decir palabra. – Entonces eso es todo, que tenga un buen día, señor Falls. Tendrá noticias de mi abogado para poner al día esos papeles. – y se metió en su coche rojo y desapareció de la vida de Edgar para siempre.
Miró entre las pertenencias que le habían devuelto y encontró la carta. La hizo pedazos y los restos de papel se elevaron en el aire como las cenizas de un fénix que nunca más va a renacer. Miró el cielo, más azul que nunca, y empezó a caminar sin rumbo entre las calles de la ciudad. ¿Quién sería aquella mujer que había comprado su pintura? ¿Por qué lo había hecho?
Las agujas del reloj se desplazaron ágiles entre las horas y cuando se dio cuenta el sol ya se apagaba en el horizonte. Era hora de volver a casa.  Dónde le esperaba Mary Thinks.
-          Edgar, estás en muy mal estado, ¿dónde has estado? – preguntó la anciana.
-          No te preocupes, estoy bien. – tuvo que sonreír para no parecer afectado.
-          Sube, hijo, y tráeme algo de ropa. Voy a preparar algo de comida… - fue su respuesta, y a Edgar le nació algo de su interior que no podría haber evitado.
-          Mary, ten, esto es para ti… - y le dio el sobre, con todos y cada uno de los billetes que Xavier le había dado. – No pienses mal… He vendido mi segundo cuadro…

Y sin duda no sería el último.

Al menos hasta que Dios lo acogiera.



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SOBRE EL AUTOR

Ceyron Louis

Entierro secretos en mis relatos. Despedazo mis miedos en cada línea. Me enfrento cara a cara con el dolor y muere un pedazo de mi alma con tan solo una palabra escrita.

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1 susurros:

  1. No tengo muy claro lo que siento ahora mismo. Pena por la dura vida de Edgar, odio hacia la indiferencia de Xavier y una enorme admiración por mi querido Mikel, que de nuevo ha logrado que me quite metaforicamente el sombrero ante una historia breve pero tremendamente compleja y bien llevada.
    Un beso
    Lena

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